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Prólogo

Autor/a: 
Jordi Garcia Jané - XES

Vincular la economía solidaria con un enfoque del desarrollo basado en los derechos humanos, tal como se propone este trabajo, es una tarea importante para la propia economía solidaria, en una coyuntura de fuertes oportunidades para crecer como la que está viviendo.

El enfoque basado en los derechos humanos es inherente a la economía solidaria, pero hacer emerger lo implícito contribuirá a dotar de mayor coherencia, aun, a sus prácticas y a mejorar su capacidad de influencia en la sociedad y en las políticas públicas.

El enfoque de derechos cuestiona radicalmente la desigualdad entre las personas, bien sea por su clase, por su género o por su etnia, por citar tres de las principales fuentes de desigualdad en la distribución de los trabajos y de los recursos económicos y políticos en nuestras sociedades. Promover dicho enfoque supone reivindicar el papel de las políticas públicas para garantizar que todas las personas puedan ejercer sus derechos, unas políticas que, además, deben ser diseñadas y ejecutadas, no sobre los sujetos, sino con ellos.

Por consiguiente, el enfoque de derechos consiste en orientar la acción pública hacia cubrir las necesidades de todas las personas (alimentación, vivienda, sanidad, educación y movilidad, pero también participación, comunidad y ocio), y consiste también en promover la implicación de los mismos sujetos en dichos procesos para que se apropien de sus derechos y, en el proceso, aprendan, se empoderen y se vuelvan mejores personas.

Pues bien, de todo eso trata también la economía solidaria, o la economía social y solidaria, como prefiero adjetivarla. Porque la economía social y solidaria es, precisamente, autoorganización de la ciudadanía para resolver sus necesidades mediante iniciativas económicas regidas por los valores de cooperación, democracia, igualdad, solidaridad y sostenibilidad; unas iniciativas que se construyen combinando los diversos principios económicos: el mercado, la reciprocidad, la redistribución, la planificación y la autarquía o autosuficiencia.

Hoy en día, la economía social y solidaria se ha ido consolidando en todas las regiones del mundo, desde que, en su versión actual, empezara a desarrollarse en las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado como una reacción a la fase actual del capitalismo que padecemos, la neoliberal.

Para ceñirnos a las prácticas de economía social y solidaria que se asientan en los distintos pueblos que conforman hoy el Estado español, podemos afirmar que ya existen multitud de iniciativas de este género que abarcan todas las fases del ciclo económico. Tenemos prácticas de economía social y solidaria en la producción agraria, industrial y de servicios, en la comercialización, en el consumo, en el crédito, en la moneda, en la distribución del excedente, en la gestión de los recursos; son las miles de iniciativas de trabajo cooperativo, comercialización justa, consumo responsable, finanzas éticas, monedas comunitarias, distribución solidaria o de los comunes.

Especialmente en estos años de crisis, desde 2008, la economía social y solidaria está siendo una gran fuente de innovación. No es casualidad, sus propias características la llevan a innovar. Porque la economía solidaria surge del contacto directo con las necesidades de la gente y es obra de la misma gente; porque la economía solidaria es voluntad de crear, iniciativa, participación y cooperación, cuatro ingredientes imprescindibles para que nazca la innovación.

Es por ello que, en estos últimos años, asistimos a una expansión de los espacios de economía social y solidaria. Ya no son sólo las cooperativas de trabajo, las empresas de inserción o las finanzas éticas, sino que se les añaden, por ejemplo, los bancos de tiempo, las monedas sociales y los huertos comunitarios.

La economía social y solidaria está aportando nuevas soluciones en educación con los grupos de crianza compartida y las escuelas libres; en agricultura con los huertos comunitarios urbanos y las empresas de agricultura social; en el mundo rural con los bancos de tierras y la recuperación de pueblos abandonados; en alimentación saludable con las innumerables variedades de cooperativas y grupos de consumo agroecológico; en sectores estratégicos como la energía con Som Energia y Goiener, como las telecomunicaciones, con Eticom, o como los medios de comunicación con La Marea, Alternativas Económicas o Crític; en los canales de distribución y sensibilización con las ferias de economía solidaria y los mapas de consumo responsable y de economía solidaria como el Pam a Pam; o en la recuperación de equipamientos culturales como el Teatro de Barrio en Madrid o los cines Zoco en Majadahonda y Cineciutat en Palma de Mallorca.

Esta extraordinaria riqueza aparece en el estudio que presentamos, tanto cuando se habla de la presencia de la economía social y solidaria en los distintos sectores económicos, como cuando se repasa el panorama de ésta en los distintos territorios.

La economía social y solidaria vive un período de ebullición. Ya no es algo marginal, ni tampoco simple economía de supervivencia. Empieza a acumular la suficiente experiencia y masa crítica para ensayar cómo cambiar de escala y pasar del nivel micro (el emprendimiento solidario) al nivel meso (su articulación municipal o comarcal), para presionar sobre los gobiernos a fin de que implanten políticas públicas que la desarrollen, para movilizarse por otras reglas de juego junto con los demás movimientos sociales emancipadores, para entrar en diálogo fecundo con las otras economías críticas (feminista, ecologista, humanista, marxista, libertaria) y construir entre todas un nuevo imaginario, un nuevo paradigma económico alternativo al patriarcal-capitalista-productivista.

Sin duda, esa acumulación de experiencias y de masa crítica la necesitará, la necesitaremos, para enfrentarnos con éxito al aumento de las privatizaciones y las desregulaciones, es decir, al robo y la desposesión ejercidas sin tregua por las élites económicas y financieras, armadas con las políticas neoliberales de la troika y, si no lo evitamos, muy pronto también con el TTIP; pero también para afrontar las amenazas cada día más visibles del cambio climático y el fin de los recursos fósiles. Quienes dirigen, más o menos, esa máquina de dolor y destrucción que llamamos, por simplificar, capitalismo siguen envalentonados, la codicia les ciega y eso les hace todavía más peligrosos. Las mujeres y los hombres que encarnamos la economía social y solidaria debemos unir nuestros esfuerzos con el resto de personas conscientes para pararlos y parar la máquina, al mismo tiempo que vamos construyendo ya desde abajo el mundo distinto que anhelamos.