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Economías feministas

Autor/a: 
Marta Monasterio Martín - Pandora Mirabilia

Por economía social y solidaria (ESS) se entiende una economía centrada en las personas, al servicio de su bienestar, que pone la vida en el centro. Los principios que orientan esta propuesta económica nos hablan, entre otras cosas, de la primacía de las personas y del fin social de la entidad por encima de los beneficios; de la obtención de los resultados económicos en función del trabajo realizado; o de la promoción de la solidaridad interna, la igualdad de oportunidades, la conciliación de la vida personal, familiar y laboral. Un modelo, a fin de cuentas, en el que las entidades busquen la transformación de las relaciones económicas al servicio de un desarrollo humano, social y ecológico más sostenible y que, a su vez, garantice el bienestar de quienes desempeñan dichos trabajos.

En los tiempos que corren, este caminar se presenta complicado, aunque no imposible. Más aún: la situación de inestabilidad económica y la dificultad para encontrar financiación a los proyectos de autoempleo suponen un gran obstáculo con el que es necesario lidiar día a día pero también, un argumento de mucho peso para creer, ahora más que nunca, que el desarrollo económico (y por tanto, humano) sólo puede venir de la mano del fortalecimiento de nuestros proyectos cooperativos y de sus pilares.

Pero ¿qué es lo que debe reforzarse?, ¿cuáles son los elementos que pueden hacer de las entidades lugares para la transformación social y para el desarrollo sostenible, justo y equitativo? En la búsqueda de respuestas, el feminismo ofrece una mirada necesaria e inspiradora; plantea cuestionamientos vertebrales y regala claves para fortalecer los proyectos. Porque podría pensarse en entidades de la ESS que no incluyeran principios, metodologías o metas feministas. De hecho, se ven a diario. Sería factible y funcional, pero iría en contra de los mismos fines de la ESS, tal y como se sueña desde los movimientos. Véase entonces qué aporta la experiencia feminista.

En primer lugar, el enfoque de género resulta imprescindible para estudiar de forma profunda y compleja las relaciones que se generan en las entidades y estructuras. Como en cualquier relación humana, en la ESS también se reproducen las desigualdades de género inherentes a los grupos. La todavía socialización diferenciada de mujeres y hombres (pilar de una sociedad patriarcal) justifica puntos de partida diferentes entre unas y otros que, si no son tenidos en cuenta, se traducen en desigualdades. Se podrían enumerar algunos nudos conflictivos que es probable que afecten a la inmensa mayoría de las entidades de ESS, tales como la desigual participación de mujeres y hombres en todos los espacios de trabajo y toma de decisiones; las diferentes cargas de trabajo familiar de unas y otros que influyen de manera directa en cómo se participa en el espacio laboral; la división sexual de los trabajos, que afecta a los trabajos visibles e invisibles de una entidad empresarial; las dinámicas de poder que se generan fruto de la diferente socialización, participación y ejercicio de autoridad, etc. En resumen, y hablando mal y pronto: las personas que forman parte de la ESS también han crecido en una sociedad machista y arrastran una mochila de estereotipos, mandatos y desigualdades de género que seguirán reproduciendo si no prestan atención. Y es aquí donde la transversalización del enfoque de género (es decir, la inserción de la mirada de género de manera transversal en todos los espacios y niveles de la vida empresarial y económica) puede ayudar a conseguir estructuras en las que primen las relaciones de equidad.

Frente a este análisis, las propuestas:

1. Hacia un modelo de corresponsabilidad.

Poner la vida en el centro remite, en la praxis, a desarrollar el concepto de corresponsabilidad, como un buen marco donde desarrollar algunas de las estrategias de cuidados dentro de las organizaciones. Es decir, corresponsabilidad a la hora de extender y reforzar políticas de conciliación. Que todas las personas de una entidad puedan desarrollar en condiciones de bienestar su vida personal, familiar y laboral supone una exigencia básica y principal, en las que las entidades de ESS deben ser referentes. Pero se puede ir más allá, y hablar de corresponsabilidad al referirse a la necesidad de repartir todos los trabajos y responsabilidades (también de cuidados) de manera equitativa en el interior de la entidad. Esto implica incorporar mecanismos de visibilización de todos esos trabajos y su redistribución. Porque en la vida de una cooperativa, como en la vida de cualquier organización humana, existen trabajos más visibles y reconocidos (en su mayoría los considerados «productivos», es decir, los que dan dinero) y otros no tan visibles y por tanto menos reconocidos (los que no están asociados a entrada de dinero de manera directa pero que son imprescindibles para la vida y el mantenimiento de la entidad). Favorecer el traspaso de saberes, delegar y rotar en las actividades, evitar sobrecarga, etc. son estrategias que permiten dar autoridad a grupos y personas nuevas y también evitan caer en una división sexual del trabajo y las responsabilidades.

2. Democracia y reparto de poder.

La cultura de corresponsabilidad de una entidad «está íntimamente ligada a una propiedad colectiva y a una gestión democrática» (González Guerrero: «Estrategias de corresponsabilidad en las cooperativas para no dejarnos la piel», Diagonal). Y para que esta gestión democrática funcione son necesarios los mecanismos que fomenten la participación equitativa de mujeres y hombres, la intervención y reconocimiento de todas las personas, la obtención de consensos, etc. Para ello es necesario reconocer la diversidad de las personas, y valorar diferentes formas de debatir (como la comunicación conciliatoria, indagatoria, creativa, etc.).

3. La relación, motor de desarrollo.

Poner atención a la relaciones para que estén basadas en la confianza, el reconocimiento mutuo y la resolución no violenta de los conflictos. Esta parece la mejor vía para que un proyecto cooperativo pueda funcionar en términos de bienestar para sus miembros y para que sea realmente sostenible en el tiempo.

Todas estas propuestas se encaminan a un cambio profundo y real de las lógicas patriarcales que dominan la sociedad. La economía social y solidaria será feminista o no será.