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Cultura

Autor/a: 
Mario Sánchez-Herrero Clemente - Teatro del Barrio

La crisis económica ha arrasado con una parte significativa del tejido productivo del país. Han cerrado inmobiliarias, pero también bares, pequeños comercios e industrias. En este contexto, resulta comprensible la difícil situación por la que está pasando la «industria cultural». Aunque resulte doloroso, la cultura no constituye un bien de primera necesidad como sí lo son la alimentación o la vivienda. Sólo si queda algo en el bolsillo nos permitimos el lujo de un buen libro o de un par de entradas para el teatro. Es lógico por tanto que, en momentos de crisis, el consumo cultural caiga más que el consumo en general.

Pero las dificultades para sobrevivir que afrontan muchos proyectos culturales no se explicarían sin el abandono, o incluso persecución, al que les vienen sometiendo los poderes públicos. Por el lado de los gastos, a través de los recortes presupuestarios dedicados a cultura que, en muchos casos, ha supuesto la desaparición completa de las partidas correspondientes. En cuanto a los ingresos, a través de un incremento desproporcionado y discriminatorio del IVA que se aplica a los espectáculos culturales, que, en 2012, pasó del 8 % al 21 %, y se mantiene en la actualidad. En muchos sentidos se puede afirmar que la cultura subsiste gracias a que la mayor parte de los que se dedican a ella han renunciado a ganarse dignamente la vida con su arte, un escenario que comparten con otros sectores económicos como el periodismo, o el trabajo social y comunitario, conformando un nuevo «paraíso» de la precariedad.

Son tiempos difíciles y, a la vez, tiempos de oportunidad para resetear y cuestionar los modelos socioeconómicos establecidos y construir desde bases diferentes. Especialmente en el ámbito de la cultura, que debe afrontar el desafío de hacer compatible la poderosa vocación de expresarse, propia de artistas y autoras, con la imperativa necesidad de que éstas puedan vivir dignamente de su trabajo. El desafío que plantea la economía del don, las licencias abiertas, la piratería, la inercia que ha tomado entre las nuevas generaciones la idea de que el arte y la información deben ser gratis. En este nuevo contexto la economía social y solidaria (ESS) tiene mucho que aportar.

La ESS es, antes que nada, un marco alternativo de valores. La integran personas que han renunciado a moverse en busca del beneficio económico (mercado) y que, al mismo tiempo, se han colocado más allá del confort de los derechos adquiridos (estado). Se trata de una economía gestionada por ciudadanos y ciudadanas y, por tanto, responsable y comprometida. Valores todos ellos que encuentran, en el ámbito de la cultura, poderosos armónicos. Bajo estas premisas, todos los días surgen proyectos y emprendimientos de producción cultural, cooperativas, asociaciones o sociedades mercantiles sin ánimo de lucro, en los que artistas y autoras se unen para intentar dar viabilidad a sus propuestas.

Y, sin embargo, no es por el lado de la producción donde la ESS despliega todo su potencial, sino por el del consumo. La sociedad organizada, construyendo economía ciudadana, comienza tímidamente a ocupar un espacio de mayor protagonismo. Es el caso de las plataformas de crowdfunding que están haciendo posible que salgan adelante libros, documentales, películas, obras de teatro y hasta exposiciones. Y es el caso de proyectos como el Teatro del Barrio, una cooperativa de consumo cultural sin ánimo de lucro, situada en pleno barrio de Lavapiés en Madrid, que ya cuenta con 270 personas socias consumidoras. Gracias a su prescripción permanente y a las cientos de horas de trabajo voluntario en un proyecto que, de facto, sienten como propio, es como ha sido posible que se consolide en un tiempo récord.

Cooperativas de consumo cultural, ausencia de ánimo de lucro, transparencia, compromiso, son las claves del nuevo sector cultural que se está abriendo paso de la mano de la ESS.